Como la muerte de Santiago Nassar al iniciar su libro Gabriel García Márquez en Crónica de una muerte anunciada se despertaron los habitantes del sur de Bogotá el 27 de septiembre de 1997. El experimento fallido llamado Doña Juana estaba a punto de explotar a la vez que uno de sus fundadores hacía la carrera presidencial.

La montaña había sido devorada por toneladas de basura que entraron durante 10 años. Los lixiviados hicieron de esta tierra una especie de aserrín que no soportaría ni siquiera una cascara de huevo más. Todos parecían saber que sucedería tarde o temprano. Evacuaron a todos los trabajadores del relleno y las personas que residían cerca de este lugar desde el 25 de septiembre. El derrumbe era un hecho, este parecía ser el fin de Doña Juana.

No se había ocultado el sol de aquel 27 de septiembre cuando la montaña de residuos se vino abajo como se había pronosticado días atrás. La cuenca del Tunjuelo albergo miles de toneladas de basuras que cayeron directamente al rio, el olor era insoportable, las hordas de insectos acechaban los hogares de los habitantes, los roedores parecían darse un paseo por la gran manzana.

Este Desastre ambiental pareció no ser fatal para los gobernantes y los entes de control, porque al parecer nadie tenía la culpa de este derrumbe. Es decir, nadie debía responder a los casi 4 millones de afectados por este hecho. Lo más vergonzoso de este evento fue que el relleno siguió funcionando y dos años más tarde su ampliación sería más que un hecho.

El 27-S al final no pareció ser el fin de Doña Juana, sino por el contrario no fue más que un renacimiento que hasta hoy día seguimos sufriendo.

Doña Juana 27-S
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